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El Hato Pascher
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Historia 10 min de lectura Enero 2026

Del fuste de madera al polietileno: una historia venezolana.

Cómo en 1983, en un galpón de Villa de Cura, se gestó la idea de moldear un fuste en una sola pieza de plástico. Cuatro décadas después, así se ve el oficio.

El fuste de madera tiene siglos. En América llegó con los conquistadores españoles, que lo trajeron a su vez de la tradición ecuestre del norte de África y de Andalucía. En Venezuela, en los llanos, evolucionó hacia formas propias — el pico colombiano, el fuste criollo, el bocado-y-hueco — que respondían al trabajo del ganado, al clima y a las distancias largas.

Hasta los años 70, no había alternativa. La madera era el material. Punto.

El problema que nadie quería decir en voz alta

Todo el mundo en el oficio sabía que los fustes de madera duraban menos de lo que decían. Lo sabía el talabartero que los forraba sabiendo que iba a tener que volver a trabajarlos en diez años. Lo sabía el ganadero que cambiaba dos o tres en la vida activa de un caballo. Lo sabía el llanero que había visto un fuste partirse en uso cuando un caballo mañoso tiró bruscamente.

Pero como no había alternativa, no había debate. Era lo que había.

1983 · Una idea en un galpón

El fundador del taller — Pascher padre — no era ingeniero. Era un hombre del campo que había hecho fustes toda su vida y que, en sus visitas a Caracas en los años 70, había empezado a ver tubos de polietileno usados en las nuevas instalaciones de agua. Le impresionó cómo un material aparentemente blando aguantaba tanta presión sin romperse.

La idea llegó despacio. Si una tubería de plástico aguanta diez bares de presión durante cincuenta años sin pudrirse ni agrietarse, ¿por qué no podía un fuste estar hecho del mismo material?

Dijeron que estaba loco. Que el plástico no servía para esto. Que la tradición era la madera y así sería siempre. — Recuerdos del taller, sobre 1983

Tomó dos años conseguir el primer molde. La experimentación fue puro ensayo y error: temperaturas, tiempos de enfriamiento, espesores, formas. Los primeros tres fustes salieron deformes. El cuarto era estructuralmente correcto pero feo. El quinto fue el primero que un talabartero forró de cuero y montó.

Los primeros años · 1983–1990

El primer fuste salió al campo en 1984. Lo compró un ganadero de Maturín, Monagas, que lo aceptó más por curiosidad que por convicción. Lo montó dos años, lo trajo de vuelta al taller, y lo único que pidió fue otro igual. Ese fue el primer cliente recurrente.

Pero el oficio venezolano es conservador. Hubo resistencia. Talabarteros que se negaban a forrar "fustes de plástico". Ganaderos que no creían en el material. Veterinarios que dudaban. Pasaron cinco años antes de que el taller produjera más de cien fustes al año.

La prueba — la única prueba que importa en el oficio — fue el tiempo. A los diez años, los primeros fustes seguían en uso, sin grietas, sin deformación, sin pudrición. La gente empezó a hablar.

1990–2000 · El salto a la exportación

1990 a 2000 · El primer envío fuera

El primer pedido internacional fue a Colombia, a un cliente de la frontera que cruzaba a comprar al taller cada seis meses. En 1992 nos pidió cinco fustes para revenderlos en Cúcuta. En 1994 ya eran veinte por mes.

Después llegó México, después Costa Rica, después Estados Unidos. El cliente venezolano seguía siendo la base, pero el material — el HDPE virgen, ese plástico industrial que nadie en el oficio tradicional consideraba serio — empezó a tener una reputación propia.

2000–2020 · La continuidad

Los hijos del fundador entraron al taller en distintos momentos de los 90 y 2000. No vinieron a modernizar, sino a continuar. La filosofía no cambió: HDPE virgen, moldes propios, producción por encargo, sin intermediarios. Lo que sí cambió fue la cantidad de modelos: del molde único de 1983 se pasó a los 18 modelos del catálogo actual, cada uno desarrollado para un tipo de caballo, un tipo de monta, una tradición regional.

Algunos modelos respondieron a peticiones de clientes específicos — un talabartero mexicano que necesitaba un fuste charro auténtico, un ganadero colombiano que pedía un pico colombiano fiel a la tradición de su región. Esos moldes, una vez hechos, quedaron en el catálogo para todos.

Lo que define un oficio no es el material que usa. Es la honestidad con la que lo trabaja.

2026 · El taller hoy

El galpón sigue siendo el mismo. La planta de moldeo creció — hoy hay cuatro estaciones de inyección — pero el ritmo es el del campo: lento, deliberado, sin prisa de fabricar lo que no se ha pedido. Los fustes salen forrados o sin forrar, individuales o en lotes, para ganaderos venezolanos o para talabarteros internacionales. La proporción cambia con los años. La forma de trabajar, no.

Hay un dato que nos gusta repetir cuando alguien viene a visitar: los fustes que salieron en 1984 siguen en uso. Los hemos visto. Sus dueños los siguen montando. Eso es la mejor garantía que podemos dar.

Lo que aprendimos

Cuatro décadas después, lo que aprendimos es esto: las tradiciones se respetan no copiándolas, sino entendiendo qué problema resolvían y buscando si hoy existe una mejor manera de resolverlo. La madera fue una respuesta válida durante siglos. El HDPE es una respuesta mejor para las condiciones reales de uso. La forma del fuste, el conocimiento del oficio, la relación con el caballo y el jinete — eso sigue siendo lo mismo de siempre.

Por eso, cuando alguien nos pregunta si somos un taller "tradicional" o "moderno", la respuesta corta es: somos las dos cosas. Y no vemos contradicción.

¿Listo para elegir tu fuste?

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